Ha llovido mucho ya desde la última vez que me digné a escribir aquí, son varios los factores que han provocado esta falta de motivación para volver a escribir. Cuando se alinean los astros, hay poco que podamos hacer salvo, quizá, convencernos de que hay que darle la vuelta a nuestro estado de apatía y lograr cargarnos de valor y fuerza como sea.
Primero comenzaron los problemas técnicos del PC a la hora de editar vídeos para mi humilde canal de Youtube , lo que provocó también que desistiera en el intento de terminar el último capítulo sobre el víaje de 2019 a Cabo Norte. Después se comenzó a bloquear en el momento menos esperado por el simple hecho de escribir, por lo que acabé perdiendo la fe en él. A eso se le sumó que estaba pasando por momentos de altibajos, ansiedad exactamente, factor que no ayudó demasiado a la automotivación y a enfrentarme a los problemas técnicos, pero esto ya es otro tema del que hablaré cuando toque y le eche bemoles para ello.
No vivimos buenos tiempos, el ya archiconocido coronavirus (covid-19) hace estragos y nos tiene a tod@s pres@s en nuestros propios hogares. Pero quién me iba a decir que este «bicho» malnacido iba a provocar que me pasase tanto tiempo sentado en el sillón del porche de mi casa, con una rica cerveza en una mano y un libro en la otra, libro al que iba a dedicarle muchas horas, y que iba a acabar siendo mi mayor factor de motivación. Ironías de la vida supongo.
Desde aquí doy también gracias a Miquel Silvestre por su gran libro, «Operación Ararat» en el que habla sobre un viaje,en el cual rodó por muchos puntos a los que yo pensaba viajar en mayo de este año (2020). Nuestro objetivo (me acompañaría mi amigo Julio) de este año era viajar hasta Capadocia, en Turquía, pasando por los Balcanes. Objetivo que está en el aire, más cerca de lo imposible que de lo poco probable, «gracias» al amigo Covid. Comencé a leer este libro hayá por comienzos de diciembre, en plena «época oscura», en la que, como he adelantado más arriba, la ansiedad fue más fuerte que yo y me impedía llegar a motivarme para hacer nada, por lo que no me terminaba de gustar el hilo del libro, llegué a la conclusión de que era el peor libro de este escritor, motivo por el cual lo abandoné a su suerte sobre me la mesilla de noche, acumulando polvo cual libro de mercadillo, cuando realmente era ese estado de negatividad y apatía perpetua la que me llevaba a tener esa opinión tan nefasta sobre él.
Cuanto más lo leo el libro, más me recuerda al viaje que tenía planificado, y más «calentón mental» tengo. Y me vienen a la mente preguntas como: ¿Por qué nos afecta tanto la moto?, ¿Qué tienen las dos ruedas que nos cambian tanto el estado de ánimo?
Viajando sobre mi moto he sufrido momentos de mucha tensión, me he mojado hasta los huesos, he pasado frío, hasta el punto de no sentir las manos después de muchos minutos calentándolas con agua templada. He pasado malos momentos; como en Marruecos en el 2018, junto a Julio, cuando decidimos cruzar desde Merzouga a Zagora, por el camino más recto por supuesto. Para qué dar tanto rodeo siguiendo la carretera nacional asfaltada, cuando podemos llegar cruzando ese camino «tan bonito» lleno de arena, creo que le llaman desierto, cargados hasta arriba y sobre nuestras ligeras monturas de 250kg, por supuesto. Hemos venido buscando aventura y la queremos vivir decíamos. Momentos como cuando después de habernos caído en media docena de ocasiones (13:30h, 28 de mayo, 38ºC). Julio se cayó por enésima vez y, mientras yo me disponía a levantar su hipopótamo plateado, me confesó que él ya no tenía más dentro, que había gastado todas sus fuerzas en las anteriores caídas y no se veía capacitado para continuar levantando esas motos de 250 kilos. Tenía la tez blanca, estaba desfondado, no me mentía. Conozco a Julio desde hace veinticinco años y nunca le había visto así. Yo le contesté que estuviese tranquilo, que ya me encargaba yo de la faena. Le recomendé que bebiese el agua restante y que esperase sentado bajo la diminuta sombra de mi moto, pero mi cabeza no pensaba lo mismo que había esputado mi boca. La frase había servido para tranquilizar a mi amigo, pero mi situación no era fácil, me sentía también muy agotado, a punto de entrar en reserva de energías. Quedaban todavía muchísimos kilómetros para dejar detrás de mí ese desierto emponzoñado, pero siempre hay algo en tu cabeza que te dice que serías capaz de repetir la experiencia al día siguiente. Es el masoquismo que provocan en nosotr@s estas máquinas del demonio lo que me deja perplejo. Realmente no se trataba de una situación de riesgo, ya que siempre llevo en las maletas algo de comida, y seguramente antes o después nos hubiésemos encontrado con algún nativo que pasaba por allí por si algún inconsciente como nosotros había encallado su vehículo, pero en ese momento no fuimos capaces de pensarlo fríamente y así es como lo sentimos.

cerca de Mharech, entre Ramlia y Oumjrane
Doce fueron en total las horas que necesitamos para cruzar los 150kms de desierto. Cuando por fin llegamos a Zagora, encontramos un hotel con buena apariencia, al menos visto por fuera parecía bastante apañado, y nuestra primera reacción fue la de preguntar al recepcionista si el hotel disponía de piscina. Realmente no nos haría falta más que una ducha fría para poder bajar la temperatura de nuestros cuerpos sobrecalentados. Nos contestó que sí y nuestras caras de cansadísimos cambiaron en el acto. En lugar de pensar que no debíamos haber elegido esa pista de desierto, y de paso aprovechar para abroncarme porque el que había tomado la decisión era yo, Julio reaccionó pidiéndome que hiciera una segunda pregunta al recepcionista para terminar de decidirnos por este hotel: «Pregúntale por favor si es verdad lo que dice el letrero de la entrada, el punto en el que avisan de que no sirven alcohol, y si es posible que cenemos en su restaurante con unas cervezas.» A decir verdad no me extrañó la pregunta porque era lo mismo que tenía yo en mente, así que dicho y hecho. Cuando le pregunté al recepcionista por las cervezas, él miró a ambos lados para asegurarse de que nadie más podía escucharnos, y me dijo en voz baja que podía pedirle a su ayudante que fuese a un pequeño almacén de su propiedad a por unas botellitas de la felicidad, pero que le teníamos que concretar la cantidad exacta que íbamos a consumir ya que cuantos menos viajes hicieran con las botellas en la mano menos riesgo tendrían de que alguien les viera. Le contestamos los dos al mismo tiempo: «Yo quiero tres». Así que allí que se fue el mozo a por seis cervezas al almacén secreto. Después de un baño en la pequeña y fría piscina, cambiarnos de ropa y relajarnos unos minutos tomando un té en recepción, cenamos a 30ºC en la terraza superior del restaurante y mientras bebíamos hasta la última gota de cerveza Casablanca, no palabras de arrepentimiento, más bien todo lo contrario, Julio y yo coincidimos al opinar ambos que esa experiencia la debíamos repetir, ya sin tantos miedo, porque en el fondo la habíamos disfrutado muchísimo. Pero del agotamiento, calor y miedo de ser aventureros primerizos, no fuimos capaces ni siquiera de sacar la cámara de fotos a pasear en los ciento cuarenta kilómetros y doce horas que duró la aventura por el desierto, y eso no podía quedar así, «otro año lo repetimos, con vídeos, fotos y ¡las mismas motos!»
Puede que alguien opine que este artículo no tenga ni pies ni cabeza, si es así querrá decir que no me he explicado todo lo bien que debería. Lo que quiero expresar mezclando esta anécdota y el confinamiento que estamos viviendo los últimos días, es que somos capaces de «pasarlo mal», pero llegar a motivarnos al mismo tiempo. Estamos pasando frío o empapándonos, pero sabemos que al llegar al destino de esa noche te secarás y templarás y tanto tu moto como tú estaréis deseando que llegue la mañana siguiente para arrancar el motor y rodar de nuevo, el porqué no lo sé, creo que nadie lo sabe, pero así es. No hay que darle más vueltas. Yo a día de hoy soy consciente de que es prácticamente imposible que podamos realizar el viaje planeado para mayo a Capadocia, pero mi cabeza ya está funcionando por su cuenta, buscando opciones B,C,D o M para disfrutar de nuevo del placer que supone para mí el subirme a mi pesada Bluebigfoot. Un destino nuevo, más cercano, no salir del páis, conseguir cambiar las fechas de vacaciones de alguna manera (difícil). Cualquier opción es buena, lo importante es que esas ganas estén ahí, en ese rinconcito de nuestro cerebro, sin apagarse.
No hay mal que por bien no venga. O éso es lo que yo pienso en estos momentos. Con el confinamiento de estos días nos estamos dando cuenta de lo mucho que tenemos que agradecer. Tenemos muchísimo más de lo que nos pensamos, esos viajes que podemos llegar a hacer en algún momento de nuestras vidas, esos familiares y amig@s a los que podemos abrazar en cualquier momento, detalles que hasta hace unos días no valorábamos tanto como ahora, estoy seguro de ello. Aprovechemos este tiempo de confinamiento para cuidarnos, pensemos en lo mucho que tenemos, en las tonterías por las que somos capaces de enfadarnos en el día a día olvidándonos de lo importante que es siempre todo lo que tenemos a nuestro alcance.
Yo por mi parte pienso seguir preparando mis planes A, B, C, e incluso un D, y si no lo puedo cumplir este año sé que lo haré el siguiente.
Esperemos que esta pesadilla acabe más pronto que tarde y que tod@s logremos cumplir nuestros objetivos de este año, y aunque no fuese así disfrutemos de la mejor manera posible. Dejemos nuestras queridas monturas en el garaje y cuidémonos de nosotros mismos, de nuestras familias y del resto de personas, de la forma más sencilla del mundo; quedarse en casa.
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Un fuerte abrazo a tod@s, ¡mucha fuerza y ánimos!
Nos veremos antes de lo que creemos en la carretera, estoy seguro de ello.
#YOMEQUEDOENCASA.
Totalmente de acuerdo…. Sólo el que ha viajado en moto sabe lo que se siente…a veces frío o calor, a veces miedo otras desesperanza o agobio pero cuando todo acaba bien, que es casi siempre, una felicidad total… Un abrazo amigo!!
Un abrazaco crack, a ver si volvemos pronto a rodar en libertad!